AUXILIO... HELP…! “LA ESCOLLERA” NECESITA DE TODOS… SALVEMOS A LOS QUELONIOS


POR ROGER ELÍAS CORNELIO SOSA

Ahhh… Sabancuy y sus verdes playas. Sus mariscos y paisajes excéntricos. Todo un agasajo a la vista, un lugar privilegiado con abundante generosidad por madre natura. Y lo principal: es un ecosistema elegido por 50 mil tortugas para su reproducción, y es una zona donde los pobladores dicen las cosas por su nombre. Veamos por qué...

El Campamento Tortuguero “La Escollera” es quizás el más antiguo de los litorales de Campeche. Organizar los trabajos de ubicación de nidos, preservarlos y vigilarlos, fue iniciativa de un exjefe de pesca –Manuel Herrera- quien en 1972 hizo equipo con otros pescadores y decidieron atender la reproducción de la especie.

El Ing. Acuícola Alfonso Díaz Molina, egresado de la Universidad Autónoma del Carmen y actual director de la Preparatoria de Sabancuy, es también el responsable del Campamento hoy en día. Y a invitación de la propia Unacar, asistimos gustosos a la cita para la liberación de crías el fin de semana pasado. Compromiso de palabra, cumplido.

La salida de Ciudad del Carmen se previó para las cinco de la tarde, habida cuenta que la especie tiene marcado la puesta del sol –el crepúsculo, hora cero, pues- como momento ideal para salir del nido y fundirse en sutil abrazo con el mar. Ellas ponen la hora porque son más antiguas que nosotros (habitan el planeta desde hace 150 millones de años) y los humanos tenemos que obedecer. Así las cosas.

El bus estudiantil estaba dispuesto para 40 personas, pero sólo acudimos 23 de la prensa. Ahí presentes los colegas –medios escritos y electrónicos- de Tribuna, El Sur, Milenio, Novedades, Carmen Hoy, Crónica, Telecable, Exa, Campeche Times, Vértice, La Opinión, Péndulo, Máxima, 40 Principales, La Gaceta y otros más. Algunos, como debería de ser por la naturaleza del evento, llegaron con sus esposas e hijos. Bien.

Negros nubarrones sobre el horizonte, lluvias moderadas, tormenta eléctrica y fuertes vientos desde que partimos. Pero dentro del camión la animosidad estaba en alta, y no faltó quien mencionara en más de tres ocasiones a las nuevas modelos estrellas. Refrescos y aguas para todos, y la promesa de que habrían sorpresas para todos al llegar al lugar de los hechos.

Llegamos, pues, con los primeros instantes de oscuridad -¿Las ocho de la tarde?- y en el Campamento nos esperaba el robusto Alfonso Díaz Molina con su experimentado equipo de colaboradores. El fuerte viento cesó para facilitar el trabajo de prensa, y dejó su lugar a la brisa marina para que bañara nuestros rostros a orillas de la playa, en los meritos terrenos de la zona de desove del quelonio.

-Esto parece un cementerio- comenta una curtida reportera de radio y prensa escrita al observar la distribución de los nidos con sus marcas en el área.

-¡Miren! Aquí están brotando… son un chin…- exclaman algunos niños

-A ver, permítame les explico- interviene el ingeniero en acuacultura.

La entrevista se da in sito, en penumbras y sólo los reflectores de las cámaras de video y flashes pa´las fotos iluminan la escena. Al fondo, el cielo ennegrecido como la conciencia de algunos políticos, cedía su espacio momento a momento para el espectáculo de la tormenta eléctrica, que formaba mágicas figuras y tejía redes como telarañas con fondos de color violeta, naranja, azul y rojo.

El alud de preguntas no quedó sin respuesta, y luego de media hora de disertación, llegaron dos enormes neveras de Fibra de Vidrio. Debido a la oscuridad, algunos mal pensados creyeron que era el avituallamiento propio de las lunadas, pero no; eran cientos de crías de tortuga blanca y carey, que en el transcurso del día habían brotado.

-Vayamos mejor a un costado de “El Viaducto”, donde hay mejor playa para su liberación- sugiere el anfitrión.

De nuevo todos al camión para recorrer el kilómetro de diferencia y ahí, junto al acogedor restaurant, nos acercamos a la playa para coadyuvar en el místico protocolo de la sabia naturaleza para la preservación de esta especie única y asombrosa aún a punto de extinción. ¡Ahhh…! la maravilla de tomar con los dedos índice y pulgar a la diminuta cría, colocarla en la palma de la mano y depositarla en la arena, acaso dos metros de la playa…

-En los nidos del campamento- presume Alfonso Díaz, tenemos un promedio de sobrevivencia del 80 por ciento. Ya en el agua, de cada 100 crías sólo 15 ó 20 logran preservarse. Es la ley natural. Es su ciclo. El Ecosistema, pues. Y nada se puede hacer –parece, hasta hoy- para evitar que así sea y lograr que se salve al menos la mitad de los que regresan al mar.

Pero en fin, que luego de este extraordinario esfuerzo, pues los de las prensa ya tienen hambre. El buen Alfonso y Jorge Luis Sansores se les ocurre invitar, precisamente cuando ya en tropel todos habíamos ocupado un asiento y tomado los cubiertos en posición mercenaria, listos para el ataque.

Ahí, una vez más, sale a relucir el tema de la falta de apoyo para los esfuerzos de los ecologistas. Ahí, una vez más, en la charla informal se toca el tema de que se avecina una temporada de políticos, y que no faltará quien quiera prometer y ofrecer –como cada tres años- su apoyo total para la preservación de la tortuga marina.

-Pero de esto ya estamos escamados -asienta Díaz Molina con cierto dejo de decepción- pues desde hace cinco años hemos solicitado recursos para la infraestructura del Campamento, para equiparlo con lo necesario para vigilar y rescatar nidos; para vehículos y combustible, herramientas y cosas indispensables…

-El presupuesto no rebasa de Un millón de pesos, y tenemos la certeza de que a partir de aquí, el campamento crecería de manera autofinanciable, es decir, de aquí mismo y con un enfoque turístico, se generarían los recursos para sostener la actividad-

La idea ahí está, la propuesta también. ¿Quién le entra? Estaremos pendientes del primero que se apunte, sea los gobiernos federal, estatal o municipal, la iniciativa privada o el enjambre de futuros candidatos. Por nuestra parte… Concluyamos, pues.

Sería ofensivo presumirles del delicioso pulpo de inicio de temporada curtido en limón, ajo, sal y pimienta; tampoco les voy a hablar del exquisito Robalo en su jugo, ni mucho menos de las postas de pargo fritas; no se los voy a narrar, porque tendría que verme obligado a recomendarles que vayan a Sabancuy, que disfruten de su cocina, sus playas y su gente.

Ahhh… las delicias de ser periodista… Nos leemos en la próxima. (22/agosto/05)


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