PROPUESTA PARA UNA NUEVA POLITICA CULTURAL


- No existen proyectos de difusión

POR ALMA CHÁVEZ

Comencemos definiendo la cultura: es el conjunto de conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico e industrial en una determinada época y grupo social. Luego entonces, la cultura es todo aquello que nos representa como sociedad.

Sin embargo pese a que en el país impulsado en forma más o menos evidente el desarrollo científico e industrial; el desarrollo artístico se ha quedado aletargado y relegado a nivel de adorno, del cual tenemos conocimiento casi siempre cuando algunas festividades, como la próxima del mes patrio, se aproximan. Pese a que conservar el folclor es parte de lo que somos y no se debe perder, no podemos cerrar los ojos a que todas las demás expresiones artísticas no calendarizadas sufren por mantenerse vivas.

A nivel nacional debemos considerar que no hay una política cultural específica al no haber proyecto de difusión cultural, a pesar de hablar de modernidad y eficacia no hay revitalización ni adaptación a las exigencias actuales en este rubro. Todo es seguir sobre el camino hecho, sin implementar nuevas medidas de atracción para procurarnos nuevas generaciones de interesados en el tema.

Esto es un padecimiento a nivel nacional; el poco interés que se manifiesta es inmediatamente ahogado con argumentos de administración que nos exigen que la cultura llevada al pueblo debe ser autosustentable. Algo risible si tomamos en cuenta que para cobrar por algo se debe primero dar a conocer el producto, cosa que casi ningún ayuntamiento considera necesario pues eternamente primero están las cuestiones sociopolíticas o incluso, las deportivas.

Esto refleja la falta de interés de quienes nos gobiernan, quienes ignoran concientemente que falta mucho quehacer nacional, quizá alguna consulta o una convocatoria a los interesados para realizar un plan de cultura a nivel de todo el país.
Normalmente las acciones implementadas son aisladas, sin una organización sólida que respalde el desarrollo y a pesar de los esfuerzos por grupos independientes, esto no es suficiente si se les deja solos, sin apoyo ni protección que haga germinar el esfuerzo.

A veces nos tenemos que enfrentar no solo a la indiferencia de las autoridades sino a los empeños políticos que evidencian el distanciamiento y desconocimiento de la cultura. Ejemplo de ello es el intento de gravar los libros y los derechos de autor, iniciativa de esta administración federal. Así por el mismo estilo, vemos impotentes errores cometidos por nuestros propios ayuntamientos sin apenas tener algo por hacer para evitarlo y luego entonces, quedan descartadas ferias de libro, presentaciones culturales, apoyo a creadores independientes.

Urge el rescate nacional a partir de un proyecto cultural. Pero ésta idea sólo se puede sostener si empezamos a trabajar desde dentro de nuestras propias comunidades, desde hacer funcionar realmente las Instituciones que deben dedicarse a promover y difundir la cultura; dejando de ver ésta como algo que provee glamour o como un trabajo en donde se pone algún empeño solo dentro de un horario fijo, sin comprometer el alma al realizarlo y, por supuesto, mucho menos como un favor que se le debe a alguien y se le paga con un empleo del que no se tiene la menor idea de cómo lograr el más óptimo resultado.

Debemos revalorizar la identidad social, las raíces, las tradiciones; debemos abrir los ojos a aquellos que nos llena los sentidos y nos convierte en seres humanos con mejor calidad de vida. Si bien el conocimiento técnico es necesario para el éxito material, el olvidar nuestras raíces y dejar guardados nuestros sueños, nos arroja a un mundo sin sentido. Esto, en palabras, se oye hermoso, quizá fácil, pero no lo es al percatarnos que para realizarlo debemos contar con una iniciativa y una dirección específica.
Constantemente vemos que en el cambio de administración de nuestros municipios, los pocos proyectos echados a andar se quedan truncos porque son considerados como sobras del régimen anterior y no vale la pena perpetuarlos.

Considero que con el debido impulso y educación, la sociedad podría volverse demandante de la cultura, interesarse en ella, promoverla incluso. Pero solo se logrará cuando el Estado y el municipio creen el mecanismo necesario para hacer conciencia de que este rubro es un beneficio al que todos tenemos derecho y que al hacer partícipe a la comunidad, se puede volver autofinanciable. Con todo ello, volverse una cuestión que ataña a todos, un deber social en el que todos tendremos derechos y obligaciones.

De igual forma, se debe asimilar la idea de que quien asuma un puesto que implique ser gestor o administrador cultural no debe alejarse de una estructura previamente planeada para evitar una modificación desafortunada o incluso hasta una aniquilación de lo ya avanzado. Incluso dictar lineamientos que dirijan a todos aquellos que lleguen a desempeñar alguna de éstas labores. Con ello, existiría la pauta para que la iniciativa de creadores o promotores independientes pudieran ver respuestas a sus proyectos sin la incertidumbre de depender de la ideología del servidor público en turno. Con ello también se garantizarían nuevas generaciones que tengan en la certeza de que este proceso será duradero y dará frutos y herederos. Con ello se lograría quitar el estigma de que aquellos que dedican tiempo y esfuerzo a la cultura van contracorriente ante el progreso de su comunidad y están ayudando a que ésta se supere.

Hacer una ley que verdaderamente represente los intereses de toda la comunidad es la opción más acertada a una política cultural que beneficie a todos por igual, que dé uniformidad a los derechos y obligaciones de la sociedad en este rubro, que ampare a las generaciones venideras para que desde ya vayan encontrando el camino que preserve la identidad en el orden cultural, que provoque la divulgación de este quehacer y especialmente, para que los valores jurídicos estén a la vista de manera en que se pueda acceder de forma sencilla y expedita. Como toda ley constitucional, ésta debe ser de observancia general, debe regirnos a todos y todos debemos conocerla y respetarla.
Si algún día se lograra este avance notaríamos inmediatamente el florecimiento de las expresiones artísticas, el incremento de agrupaciones culturales, de creadores y promotores independientes y todo ello, a su vez provocaría el conocimiento y la exigencia para que cada vez se demande y se exija más la perfección de tales normas, fomentando con ello la creación de una sociedad crítica y participativa.

 

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