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VENDEDORES DE LA CALLE
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Por: Melina Morquecho
Son pregoneros de la calle, sus gritos dan vida a
una ciudad dormida en la rutina, hieren al silencio, recorren palmo a
palmo su territorio prescrito en un mapa de senderos marcados por su voz.
Paaaan, ¡Sabrosito y calientito, van a querer!...
¡Nieve, la Nieve, hay de fresa y de vainilla!... ¡eloteees,
eloteees!... Vendedores con su mercancía a cuestas, doblados por
la formula de peso y tiempo, pero erguidos por la dignidad de su
oficio.
Pululan por la calles de mi ciudad, barquilleros,
panaderos, voceadores, aguadores, flaneros, eloteros, vendedores
de verduras de hilos y agujas, de todo; andando, van dejando su huella
en la impresión de un estilo personal que los distingue.
La composición del mensaje es un condicionamiento
que sabe a pretexto, el grito es su motivo y la venta el objeto que los
lanza al asfalto, la tercería y el concreto. En las calles
están al acecho de una transacción.
Con la fuerza impuesta por el deseo de comerciar
y la fortaleza impresa en el gañote al exhalar el grito, la inflexión
de su voz se va tornando melodiosa en grados con palabras invariablemente
siempre breves que se van transformando en desnudas letras, luego descansando,
como barco a la deriva perdiéndose en un movimiento cadencioso...
resultado: “querellosa demanda exigiendo que le compren”.
Son sustento a la postre, proveedores del antojo
de la tarde, mezcla de mi pueblo provinciano, retórica de una estirpe
que nos vio crecer; sobre su espalda descansa la canasta, en la cabeza
la tina, cualquier medio es útil y aligera la carga, empujando
carritos de madera, pedaleando triciclos siempre imprimiendo una rigurosa
escala fonética vibrante. todo sirve, todo es útil
para vender andando.
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