EL RELOJ

Por Luis Navarro Arteaga

- No se detiene nunca- le dijo el vendedor. Roberto leyó en la carátula negra "water resistant".

- Resistente al agua, chavo- agregó el comerciante.

- Démelo, por favor- suplicó.

El muchacho sacó varias monedas de diez pesos y contó: una, dos , tres... hasta llegar a doce y las intercambió por el reloj. 120 pesos que le había costado meses reunir. Por las tardes, cuando el hambre apretaba, guardaba siete u ocho pesos antes que comprarse una bolsa de cacahuates y un refresco.

Prefirió coser él mismo sus tres pares de calcetines, pues no pensaba distraer ni siquiera 15 pesos por un paquete de los que venden en el tianguis, para seguir juntando el dinero.

Luego de recibirlo, se fue con su preciada adquisición pegada al oído para escuchar el tic tac que marcaba además el propio ritmo de sus pies que subían y bajaban sobre los pedales del triciclo. Miró las manecillas que indicaban las nueve. Tengo apenas tiempo para llegar a casa y dormir.

Durante el trayecto recordó que al día siguiente tenía que ir, a primera hora, a vender tacos de guisado, esperaba que su madre preparara ahora el chicharrón en salsa, el picadillo, hirviera los ejotes para por la mañana freírlos con huevo.

Llegó a la vivienda, saludó a su madre que se afanaba en el fondo de la pieza que compartían y que era conocido por la familia como "la cocina".

Se percató de que su hermana menor también apoyaba en las tareas de la empresa familiar. Ella acarreaba la leña y a ratos molía el jitomate y los chiles de las diferentes salsas que se ocupaban en los guisos.

Dijo "buenas noches" y se fue a acostar en el suelo, junto a la única cama de la casa que compartían las dos mujeres.

Apenas durmió unas horas, pues en la madrugada el tic tac de su reloj, lo despertó, se imaginó que al día siguiente llegaría temprano al mercado, justo cuando los cargadores terminaran su labor.

A veces por no contar con un reloj tomaba el triciclo y perdía la noción del tiempo, llegaba tarde a vender y los cargadores ya habían llenado el estómago. Roberto entonces tenía que irse a otros lados, al rastro, al palacio municipal, a la puertas de las instalaciones de Pemex a buscar dónde ofertar sus tacos de guisado, con los que no podía regresar a casa por la tarde.

Pero ahora sería diferente, estaba seguro, pues ya tendría un reloj que le dijera si tenía que acelerar al triciclo o podía irse tranquilamente.

Y así, mientras pensaba se le fue cayendo encima el alba y el clima fresco se alejaba poco a poco.

Se puso de pie y miró en la mesa los guisados, ya estaban fríos, así que tomó un leño y lo encendió.

Una vez que tuvo lista la lumbre calentó la comida y despertó a su hermana para que le echara las tortillas.

Revisó que el queso estuviera rallado y dentro de una bolsa de nylon, que el repollo estuviera en su recipiente azul, que las salsas también estuvieran listas y todo lo fue acomodando en el triciclo.

Cuando el chicharrón en salsa estuvo caliente lo acomodó en un balde rojo y lo tapó, para después ponerlo en frágil vehículo, donde antes había acomodado una mesa plegable de madera de pino. Un mantel de hule estampado con flores, también fue a parar a ese mismo sitio. Luego poco a poco fue subiendo el resto de los guisos: los ejotes, las tortitas de hueva de lisa, el bistec entomatado, el pollo deshebrado y los huevos duros.

Cuando todo estuvo listo, envolvió las tortillas en dos servilletas y las metió dentro de una bolsa de plástico. Las colocó además dentro de un termo circular.

Fue hasta la cama de su madre y se despidió de ella con un beso que mujer recibió con una sonrisa y una bendición " Dios te acompañe, hijito".

Roberto salió de su casa y miró su reloj, eran las cinco de la mañana con 15 minutos, calculó que se haría unos 20 desde la colonia Nacional hasta el mercado Poza Rica, aunque realmente apenas ahora podría saber a ciencia cierta cuánto tiempo invertía en ese viaje.

Caminó por las calles semivacías especulando que éste tendría que ser un excelente día en el que habría de vender toda su mercancía, que sólo habría de trabajar en el mercado, que no tendría que ir a otro sitio para vender sus tacos.

En eso pensaba cuando se pronto escuchó el motor de un camión, volvió la cabeza y se percibió que el pesado vehículo se había acercado a unos cuantos centímetros de la llanta trasera de su triciclo, luego oyó cómo se quebraban los tubos de su transporte y después vio cómo su nariz y sus ojos se acercaban de manera acelerada a la calle, tanto que en menos de un segundo miraba hasta las más leves fisuras del pavimento, sintió entonces como su espada era aplastada y sus huesos crujiendo fue lo ultimo que escuchó.

Ya no pudo ver al conductor del camión abrir la portezuela, bajar, para mirarlo debajo de la llanta delantera del lado derecho y huir.

Tampoco pudo saber cuánto tiempo pasó entre ese momento y el de la llegada del policía que lo observó y con su aparato de radiocomunicación pidió a la comandancia que enviaran al Agente del Ministerio Público. Mucho menos que casi una hora después del accidente llegaron las autoridades quienes hicieron el levantamiento del cadáver.

Con desgano la empleada de la Procuraduría de Justicia escribió : "En la esquina de la avenida Puebla y Ruiz Cortines, se encontró el cuerpo sin vida de un adolescente de aproximadamente 14 años de edad, quien presenta fractura expuesta de tibia y peroné de pierna izquierda, aplastamiento cráneo con materia encefálica expuesta, viste una camisa azul, zapatos marrón y pantalón verde, en su mano izquierda porta un reloj de carátula negra que está funcionando... ".

volver a la portada

www.informatepr.com 2004