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HÉROE
ANÓNIMO CON NOMBRE Y APELLIDO (I PARTE)
-
El asesinato de Alberto J. Altamirano, la otra historia de Poza Rica
- La muerte del periodista en 1960 tuvo proporciones catastróficas para
la clase política de la época
POR
MARISOL FIGUEROA MEZA
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Cartón político de fines de los 50 e inicio de los
60 que consignan el cacicazgo ejercido por Jaime J. Merino en los
inicios de la ciudad de Poza Rica, capital petrolera de nuestro
país en aquella época
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Recientemente
el ser periodista ha sido catalogado como una labor peligrosa, pero la represión
y asesinatos hacia comunicadores no es de unos años hacia la fecha, a través
del tiempo ha habido numerosos casos que nos dejan ver una historia llena
corrupción e injusticias de políticos y autoridades, casos que abren historias
de hombres que lucharon para que la verdad fuera conocida, héroes anónimos
que no tienen un monumento en su memoria pero que fueron parte fundamental
en la lucha por la libertad de expresión.
En Poza Rica existe una historia de la que poco se habla, llena de represión
hacia quienes ejercían la labor periodística y quienes exigían la democratización
de la vida política local, misma que se veía frenada por el caciquismo protagonizado
por el Ing. Jaime J. Merino, Superintendente regional de Petróleos Mexicanos,
quien aprovechó su cargo en la paraestatal para acumular una gran fortuna
que le permitió dominar la vida sindical de la Sección 30 en donde tuvo
como aliado a Pedro Vivanco.
Era tal su dominación que llegó a designar a diputados de la región e incluso
presidentes municipales, como fue el caso de Manuel Salas Castelán.
Tal situación generó que la formación de un grupo de opositores, entre los
que se encontraban los petroleros contrarios denominados “Los Goyos”, mismos
que conformaron un frente electoral para las elecciones municipales, postulando
para alcalde al doctor Fausto Dávila Solís, de la Coalición Nacional Revolucionaria
y Partido Demócrata Pozarricence, con la única intención de terminar con
los abusos del cacique Jaime J. Merino.
Algunos periódicos de la aquella época eran críticos, mismos que se imprimían
y se editaban en Papantla debido a que Poza Rica aún se encontraba en proceso
de construcción, tan sólo estaban los campamentos de PEMEX.
Algunos periodistas eran voces independientes que atacaban la corrupción
de Merino de manera frontal y contra el aparato, lo cual era arriesgado
dada las situaciones de intolerancia que se vivían entonces, en donde las
posturas políticas estaban definidas; era claro quienes estaban con Merino
y quienes no.
El
fraude vivido en las elecciones de 1958, en donde quedó electo como presidente
municipal Manuel Salas Castelán, candidato del PRI ,ocasionó la inconformidad
por dicha imposición y esa misma tarde hubo un mitin de protesta que congregó
a unos 10 mil pozarricenses.
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Noticia publicada en el Diario capitalino Ovaciones del día
30 de julio de 1960 que daba a conocer el asesinato del periodista
Alberto J. Altamirano ultimado en esta ciudad cuando salía
de las instalaciones del periódico "El Diario"
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Fue
el 6 de octubre de 1958, cuando las aspiraciones democráticas del pueblo
se vieron frenadas por una sangrienta y brutal represión del grupo caciquil
local que encabezaban el directivo regional de Petróleos Mexicanos, el
Ing. Jaime J. Merino, y el líder sindical Pedro Vivanco García, provocaron
la muerte muchas personas, de las cuales no existe un número exacto.
La manifestación de inconformidad del pueblo, la Coalición Nacional Revolucionaria
y Partido Demócrata Pozarricence llegó al parque Juárez, donde ya los
esperaban en el edificio del Sindicato y el Audicine un grupo armado con
metralletas, pistolas y otras armas de fuego, mismos que se encontraban
en oficinas y azotea de los edificios, y que abrieron fuego contra el
pueblo que marchaba de manera pacífica.
Los muertos fueron recogidos por camiones de redilas, algunos fueron quemados
en calderas de PEMEX y del hospital, otros tirados en la carretera a México
a la altura de la entrada de Agua Fría, en el estado de Puebla, incluso
se hicieron entierros en la congregación de Súchil días después por trabajadores
de PEMEX, por lo que el agente municipal al darse cuenta que iban si pedir
permiso a enterrar muertos, colocó un letrero que decía” “Prohibido enterrar
muertos que no vivan aquí”.
Tras la matanza de “Los Goyos” se desencadenó un nuevo asesinato, la del
periodista Alberto J. Altamirano, del impreso “El Diario”, en donde era
jefe de redacción, quien también trabajó en el periódico “La Opinión”,
con la columna “Foro Petrolero” y fue además corresponsal del Periódico
Excelsior.
Alberto J. Altamirano se destacó por ser un periodista temerario y valiente,
como aquella generación de periodistas que luchó por la libertad de prensa,
quien tuvo que pagar un alto precio por arriesgarse a ejercer un periodismo
fuerte y crítico, ante el despotismo y represión de Jaime J. Merino.
Fue asesinato el 28 de julio 1960, de lo que en primera instancia se dijo
había sido por motivos pasionales, sin embargo, por las circunstancias
políticas de aquel momento, situación encontrada entre los dos bandos,
los que protestaban en contra de Salas Castelán decían que el móvil era
político, habían muerto por que sabia demasiado.
Su muerte generó un gran interés a la prensa local, estatal y nacional,
además de crear la solidaridad comunitaria, por que estaba fresco el movimiento
de inconformidad por la designación de Manuel Salas Castelán. Al enterarse
de la muerte del periodista se creó otra nueva efervescencia, la gente
salió a las calles quizás para proteger a la familia del periodista de
un algún posible atentado, había mucho temor de las autoridades de que
esta muerte generara un movimiento adverso.
Fue la pauta para reanimarla lucha de un grupo de personas que se hacia
llamar “Comité Cívico de los Derechos del Pueblo Pozarricence, que tenía
como uno de los dirigentes a Isidro Capitanachi, y estaba conformado por
peluqueros, comerciantes, maestros, taxistas que pedían la destitución
de las autoridades locales, para que pudiera ser investigado el móvil
del asesinato del periodista Alberto J. Altamirano, puesto que uno de
los principales sospechosos de la autoría intelectual era el presidente
municipal.
La investigación posterior fue una especie de circo, de repente hubo un
hombre llamado Juan Herrera Trejo quien dijo que el había ejecutado del
periodista, e incluso aparecieron dos mas, los tres daban excusas poco
creíbles. (junio/2006)
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