CUMBRE TAJÍN, UN PROYECTO NEOLIBERAL

Por Juan Castro Soto

La violación de las fronteras es característica del neoliberalismo. Penetrando en territorio ajeno invade países, pueblos, culturas y más que una penetración es una anexión al capital. Así ha sucedido con las culturas prehispánicas de México. El capital se anexa esas culturas imponiendo la cultura del mercado, convirtiendo todo en una mercancía y en un objeto muerto. Cuando la cultura se comercializa, muere, deja de ser vida comunitaria para convertirse en una pieza de intercambio y de exhibición que puede ser colocada para su venta o, peor aún, para su renta en un museo, en un tianguis, en un aparador o en un escenario. Y después puede ser deformada para que responda mejor al comercio, su nuevo territorio: se alteran las celebraciones, los bailes, los ritos y los objetos que antes eran de subsistencia como la ropa o las vasijas de barro.

Todo eso ya no es parte de la cultura indígena, ahora es un lujo que usan los turistas, o que exhiben como souvenir en los muebles de su casa si no queda guardado en sus fotografías de vacaciones. Los indígenas ahora utilizan espantosos objetos de plástico hechos en Hong Kong, porque no tienen recursos para usar lo de su propia cultura, es más barato el plástico y un pantalón taiwanés. Porque usted puede ver a un indígena vendiendo pantalones de manta, pero él usa sus jeans Levis; y el de al lado vende huaraches de cuero pero trae tenis Adidas; y venden hermosas vasijas de barro o artículos tejidos de mimbre, pero en casa usan un corriente cacerola de peltre, si es de lujo; venden café pero toman Coca Cola; le venden un buen libro sobre la cultura totonaca pero no tienen idea de lo que es eso, saben que cuesta 50 pesos.

El desarrollo de las culturas indígenas queda entonces relegado al comercio de cosas que no son suyas, mal pagadas y además de temporal, el resto del año nada. Por eso, qué desatinado cuando nuestros gobiernos dicen promover la cultura indígena con eventos como “Cumbre Tajín”, donde los indígenas son usados, rentados, explotados por el gran capital del turismo. Incluso alternan lo indígena con otras cosas que den más ganancias, desplazando poco a poco la cultura totonaca; así mezclan por ejemplo una danza prehispánica con un concierto de rock en inglés cantado por japonenses.

Los ricos empresarios de la región, ni siquiera de Papantla sino de Poza Rica, cuando no transnacionales, son los que salen beneficiados de lo que ellos llaman “cultura indígena”. No son gente pobre, son empresarios dueños de hoteles y restaurantes, agencias de viaje, líneas de transporte, etc. A sus bolsillos va a dar la derrama económica de estos eventos. Y muchos de ellos ni siquiera arriesgan su capital, pues el pueblo les asegura un negocio redondo pagando sus servicios con el presupuesto público… haya gente o no, el gobierno les paga. Más aún, este mal entendido desarrollo no ve que lo más importante de cualquier cultura no son los productos, sino los productores, la gente La gente es la que crea y da vida a la cultura. Pero nuestra gente indígena se encuentra en el más completo abandono: sin trabajo ni tierra, sin comercialización de sus productos, sin educación, sin alimento, sin salud y muchas veces lo más triste, sin dignidad, ya no digamos autonomía. Y así la mayoría de los mexicanos. Por eso, una de las principales consignas contra “Cumbre Tajín” 2005 volverá a ser:

¡¡Queremos escuelas, queremos trabajo, queremos hospitales no queremos festivales!! La cultura no se vende.

(marzo 2005)

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